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viernes, 24 de diciembre de 2010

Novela " Jemy " Cap 5





El sonrojo le subió a Demi hasta las orejas, pero tras recobrar el aliento, se dio media vuelta y salió corriendo de la habitación.
Joe se sintió inmediatamente como un canalla, no tenía derecho a asustarla de aquel modo, y menos cuando sabía lo inocente que era. Se sentó en la cama, habiéndose disipado su mal humor, y se tapó otra vez con la sábana.
—Demi... —la llamó suavemente.
La joven no contestó, estaba en la salita temblando, con los brazos rodeándose a sí misma mientras trataba de decidir si quedarse o marcharse. Si Joe iba a ponerle las cosas así de difíciles, tal vez lo mejor sería no pasar allí un segundo más, verlo en cueros la había dejado muy turbada, nunca había visto a un hombre desnudo, y Joe
era realmente... impresionante. El corazón le dio un brinco al escuchar que la llamaba de nuevo.
Inspiró profundamente, se giró sobre los talones y apretó los dientes mientras se dirigía de vuelta al dormitorio, se detuvo en la puerta sin alzar la vista hacia él.
—Lo siento —murmuró Joe— no volveré a hacerlo.
Demi meneó la cabeza.
—si tantos deseos tienes de matarte, adelante, no te detendré, pero por tu bien quisiera que siguieras las indicaciones del médico.
Joe escrutó el rostro de la joven.
—está bien, maldita sea, cualquier cosa con tal de quitarte esa cara de espanto.
Hasta guardar cama si es necesario —añadió en tono cansino, volviendo a tumbarse.
Demi se sentía como una idiota, como una colegiala. ¿Por qué no podría ser madura y sofisticada?
— ¿quieres que te traiga alguna cosa? —le ofreció.
—te agradecería un poco de zumo —contestó Joe— y si me das unos calzoncillos del cajón, me los pondré.
 Demi fue a la cocina y volvió con el vaso de zumo, que dejó sobre la mesilla para buscar los calzoncillos. Cuando se los fue a dar, sin embargo, Joe la pilló desprevenida y la agarró por la muñeca, tirando hacia sí, de modo que quedó sentada en la cama.
—Es increíble que tengas veinticuatro años y seas tan inocente —le dijo con voz queda—, sobre todo con la de gente que pasa por aquí cada año...
—Ya sabes que no me mezclo demasiado con los huéspedes —respondió ella, no pudo evitar que sus ojos descendieran para admirar el ancho tórax desnudo— la idea de convertir esto en un rancho para turistas no fue mía, pero también es verdad que de otro modo habría tenido que venderlo.
— ¿y no sales nunca por ahí, a divertirte? habrá habido algún hombre que... la joven bajó la vista.
—no tengo tiempo para esas cosas.
—Hay tantos secretos entre nosotros, Demi... — murmuró Joe acariciándole suavemente la mano— demasiados.
—Tú me dijiste que no estabas interesado en una relación, pues a mí me pasa lo mismo, no es más que eso —mintió ella.
— ¿seguro? ¿No será por esa tontería de que crees que ningún hombre podría sentirse atraído por ti?
Demi había olvidado que le había dicho eso el domingo que la había recogido después de misa, el día que le había dado aquel glorioso beso.
—y por eso también —murmuró.
—pues estás equivocada: eres una mujer bonita — repuso Joe— el que no resaltes tus atractivos no significa que no los tengas no es tan difícil Demi, cómprate un vestido nuevo y arréglate el pelo para el próximo baile de cuadrillas —le sugirió extendiendo la mano para enredar en sus dedos un mechón de pelo— y yo te enseñaré a bailar.
Demi apenas si podía respirar, se sentía nerviosa e insegura, la otra mano de Joe trazaba arabescos en su muñeca, provocándole un excitante cosquilleo.
—Joe, no... —Murmuró mordiéndose el labio inferior— solo estás aburrido de este encierro forzado, y cuando vuelvas al trabajo te... y yo...
—crees que estoy jugando contigo —adivinó él.
Demi suspiró.
—sí.
Joe tomó la mano de la joven y la colocó con la palma abierta sobre su corazón.
Demi pudo sentirlo latir como si fuera un tambor.
— ¿crees que sería capaz de jugar con una chica inocente como tú? —le preguntó Joe suavemente.
Su intuición le decía que no, pero en aquel momento le era imposible poner sus pensamientos en claro. El efecto que tenía sobre ella era demasiado grande, y Demi ansiaba desesperadamente el afecto que nunca había recibido de ningún hombre.
—No importa —dijo él con voz ronca, tiró de su mano para atraerla hacia sí— ven aquí.
—pero Joe, estás enfermo...
—Ni siquiera tengo fiebre —repuso él, la hizo tumbarse, e inclinó sobre ella su torso desnudo— en mi vida he conocido a una mujer con menos confianza en sí misma que tú, Demi. Y no lo comprendo, ¿sabes?, porque no hay nada malo en tu forma de ser, ni en tu aspecto.
—Joe, me estás asustando —musitó Demi.
Aquello estaba haciendo que volvieran a aflorar en su mente los recuerdos de aquel otro hombre al que había amado, o creía que había amado, y cómo la había tratado, pero Joe no era Linley. El modo en que la estaba mirando era embriagador y verdaderamente la deseaba, no como Cody, que la había utilizado para
dar celos a Taylor.
—Pues no tienes por qué asustarte —le dijo Joe tomándola de la barbilla para alzarle el rostro— no voy a hacerte ningún daño, nunca te lo haría. Además, jamás te forzaría a hacer algo que tú no quisieras.
 Demi empezó a relajarse, era cierto que no había en él nada amenazador,  parecía que tuviera total control sobre sí mismo, y se mostraba tan dulce con ella...
—Eso es — murmuró Joe notando que se iba disipando la tensión de su cuerpo— no voy a hacerte ningún daño.
Mientras hablaba, Joe fue inclinando la cabeza, besó suavemente los párpados de la joven, la nariz, la barbilla, y finalmente tomó sus labios. Demi contuvo el aliento y una delicada tierna presión le hizo abrir la boca para darle acceso.
Joe le sacó la blusa de los pantalones, e introdujo las manos por debajo, acariciándole la espalda. Demi suspiró era realmente adictivo, se dijo con la cabeza mareada, mientras se dejaba envolver por una mirada de cálidas sensaciones. Cada caricia era más excitante que la anterior, y pronto los gloriosos besos se convirtieron en una necesidad mayor que el respirar.
Tímidamente, puso las manos en el tórax de Joe, permitiéndose explorarlo, experimentar la densa mata de vello, y los músculos debajo de ella. Joe dejó escapar un gemido. Se apartó un instante de ella y Demi abrió los ojos y escrutó su rostro.
—Lo siento —balbució pensando que lo había molestado.
—No, me ha gustado —repuso él con una sonrisa— y sé cómo hacer para que tú gimas también.
Una ola de calor invadió a Demi ante esa sugerencia se estremeció de arriba abajo, maravillándose ante las sensuales imágenes que cruzaron por su mente en un instante: las manos de Joe recorriéndola, tocándola en...
— ¿d... de verás? —balbució con la boca seca.
Joe sentía que la necesidad de tocarla, de descubrir los secretos que ocultaba, era demasiado fuerte como para ignorarla, no comprendía cómo una joven tan inocente podía excitar de ese modo sus sentidos, pero desde luego no podía negar que así era, volvió a inclinarse, y mientras sus labios jugueteaban con los de ella, su mano se
deslizó hasta el enganche del sostén, lo desabrochó, y comenzó a explorar el contorno de uno de sus senos.
Demi se estremeció, pero no trató de apartarse, ni protestó. Joe notó que la excitación crecía dentro de él. Era como si la sangre estuviese barboteando en sus venas, quería mirarla, quería ver la expresión de su rostro al tocarla.
Alzó la cabeza, y advirtió que su mirada ardorosa la turbó en un principio, pero cuando volvió a acariciarla, ella cerró los ojos para concentrarse en las sensaciones.
Demi se notaba ardiendo de la cabeza a los pies, y pronto tuvo la impresión de que su mente ya no gobernaba su cuerpo, porque este empezó a arquearse casi involuntariamente hacia la mano de Joe, rogándole algo más que aquellas delirantes caricias.
— ¿Jo...e? —lo llamó jadeante.
La otra mano de él se colocó bajo la nuca de la joven, masajeándola mientras sus ojos hambrientos estudiaban cada leve cambio de expresión en su rostro.
—Shhh —susurró suavemente sin dejar de acariciarla— está bien, cariño, está bien.
Sus dedos estaban volviéndola loca, y Demi sentía como si cada músculo de su cuerpo estuviera totalmente tenso. Sentía que, si no ocurría pronto lo que ansiaba, aun sin saber muy bien qué era, se iba a romper en dos, como un elástico estirado al límite.
De pronto, sin saber lo que hacía, hundió las uñas en la espalda de Joe, al darse cuenta, apartó las manos al instante.
—lo... lo siento —musitó avergonzada, acariciándole la piel enrojecida— lo siento, no pude evitarlo...
—No me has hecho daño —le susurró Joe con ternura— esto es como una sinfonía —le explicó sonriendo—: empieza con una música suave, y el ritmo va aumentando poco a poco, hasta llegar a un crescendo. Cuando finalmente te dé lo que ansías, Demi, experimentarás un placer indescriptible —murmuró acariciándole el seno
más sensualmente.

La joven apretó los dientes, la tensión era cada vez más insoportable.
—pero... ¿cuándo...?
Y antes de que pudiera terminar la pregunta, la mano de Joe se cerró sobre su seno, cubriéndolo. Demi sintió como si explotaran fuegos artificiales en su interior, gimió dentro de la boca de Joe, su mano buscó la de él a través de la tela de la blusa, y la retuvo contra su seno, extasiada, durante varios minutos, lo único que se escuchó
en el silencio de la habitación, fue la rápida y entrecortada respiración de ambos.
—No es bastante —jadeó Joe despegando sus labios de los de Demi. Comenzó a desabrocharle la blusa— no iré más lejos, lo prometo —le dijo mirándola a los ojos—, pero... necesito... verte.
Demi sentía que le pesaban los párpados, y no fue capaz de reunir las fuerzas necesarias para negarse, aunque tampoco quería, lo que Joe acababa de darle era dulce como la miel, y quería más. Sí, quería que viera sus senos, sentir sus ojos sobre su piel desnuda.
Joe terminó de desabrocharle la blusa, la abrió y se quedó sentado a su lado, observando maravillado sus senos con los pezones erguidos, como si fuera un paisaje cuya belleza lo hubiera dejado sin aliento.
—Joe... —le susurró ella—. Una vez vi una película en la que... bueno, era un poco... picante —dijo enrojeciendo—, y el protagonista no solo le tocaba los... bueno, ya sabes, a la chica también los besaba.
— ¿los senos? —murmuró Joe con una sonrisa, acariciándoselos ligeramente con el dorso de la mano.
Demi dio un respingo de placer y asintió despacio con la cabeza.
— ¿quieres que yo lo haga?
ella se sonrojó aún más, pero no quería ni podía fingir.
—oh, sí...
Joe se inclinó sobre ella, rozando la suave piel de sus pechos con sus labios, dedicándoles excitantes caricias. Las sensaciones que invadieron a la joven eran mil veces más maravillosas de lo que jamás había imaginado que pudieran ser.
Los dulces gemidos que emitía mientras la besaba, estaban volviendo loco a Joe.
Él mismo dejó escapar un profundo gemido con una areola dentro de su boca y la atrajo hacia sí, entregándose ya sin restricción a la deliciosa tarea de darle placer.
Ninguno de los dos oyó que llamaban a la puerta, pero sí cuando volvieron a hacerlo con más insistencia, se quedaron quietos, escuchando.
Joe recobró el aliento poco a poco, y giró la cabeza hacia la puerta del dormitorio entreabierta, con la mirada ligeramente borrosa y la mente todavía en el limbo—señor Deleasa—se oyó decir a una voz masculina desde fuera de la casa. Era Chappy —, le meto el correo por debajo de la puerta.
A continuación se escucharon pasos que se alejaban. Demi suspiró aliviada, no quería ni imaginar lo que habría ocurrido si Chappy hubiera entrado en la cabaña. ¡Qué vergüenza!
Joe volvió otra vez la cabeza y sus ojos fueron de los iris oscuros de Demi a sus hinchados labios, y después a la piel alabastrina de sus senos.
—Ha sido increíble —le dijo acariciándola con ternura y sonriendo.
—Sí —musitó Demi encantada.
Joe se inclinó sobre Demi, y frotó su tórax suavemente contra los senos de ella.
Observó encantado cómo la joven se estremecía y dejaba escapar un suspiro.
—Te deseo tanto, Demi... —murmuró besándola. La notó tensarse ligeramente y se apartó un poco para dirigirle una sonrisa tranquilizadora—. Pero como te he dicho, no haré nada contra tu deseo —le aseguró de nuevo—. Anda, bésame una vez más y sal de aquí.
La joven sonrió y, tras echarle los brazos al cuello, comenzó a besarlo tímidamente, pero con tal ansia, que pronto Joe le respondió con pasión y pasaron algunos minutos antes de que despegara sus labios de los de Demi, le rodeará la cintura y la hiciera rodar encima de él. Tardaron un buen rato en recobrar el aliento, y Joe temblaba, tratando de controlar su deseo.
— y será mejor que empieces a dejar a un lado esos pantalones y blusas anchos—murmuró lanzando una mirada lasciva a sus senos—, porque ya no volverá a engañarme ese camuflaje.
Demi se rió.
—Anda, abróchate —la instó Joe otra vez—. Estoy débil, pero creo que no tanto para ciertas cosas... y no quiero que esto se nos vaya de las manos.
Demi se sentó a horcajadas encima de él y trazó nerviosamente el contorno de su rostro con las manos.
Joe se quedó observándola un buen rato antes de decirle de improviso con una sonrisa lobuna.
— ¿sabes? habiéndome vestido tú el otro día... creo que vestirte yo ahora a ti es lo mínimo que puedo hacer.
Demi consintió, deleitándose en la dulzura con que le volvió a colocar el sujetador y le abrochó la blusa.
— ¡dios! —Suspiró Joe cuando hubo acabado— lo que de verdad me apetece es arrancarte la ropa, arrastrarte conmigo bajo las sábanas y hacerte el amor hasta perder la noción del tiempo, pero me odiaría si lo hiciera, porque no quiero abusar de tu confianza y tu inocencia, no quiero que nada estropee esto que está surgiendo entre nosotros.
—Yo tampoco quiero que se estropee —le dijo ella entrelazando sus dedos con los de él.
Joe se llevó su mano a los labios y la besó con galantería.
—No creo que pueda dormir —le dijo—, me pasaré toda la noche recordando lo maravilloso que ha sido el estar aquí contigo, amándonos. La joven se estremeció de placer al escuchar esa última palabra. Sí, había sido como hacer el amor, aunque no hubieran llegado al final, sus ojos buscaron los de Joe y lo miró radiante, con nuevas esperanzas escritas en el rostro.
—Nunca imaginé que sería así —murmuró pensativa— tan maravilloso...
— ¿y cómo creías que sería?
—No sé, pensaba que me daría miedo —le confesó sin querer decirle el porqué.
Linley había estado borracho aquel día, y no la había tratado con ninguna delicadeza, temblaba solo de pensar en qué habría ocurrido si no hubiera acudido Bella.
— ¿y no te he dado miedo? —inquirió Joe.
Ella sacudió la cabeza y sonrió.
—un poco, pero era bonito... porque era algo nuevo para mí.
—también ha sido nuevo para mí —respondió Joe poniéndose serio—, ha sido muy especial. Quería que lo supieras, que no pienses que soy un playboy, Demi.
—Bueno, por la experiencia que has demostrado hace un momento, me parece que tampoco has llevado vida de monje —replicó ella divertida.
—Eso no puedo negarlo, pero siempre han sido mujeres que de un modo u otro significaban algo para mí, hacer el amor es algo demasiado hermoso como para reducirlo a un modo de satisfacer las necesidades sexuales —trazó el labio inferior de
Demi con el índice—. Y ahora será mejor que se marche, señorita Lovato, porque la deseo muchísimo, y no sé cuánto más podré contenerme.
Ella se sonrojó y le dedicó una dulce sonrisa, se puso de pie, recorriendo su cuerpo posesivamente con la mirada.
— ¿quieres que te dé una lección de anatomía masculina? —La picó Joe — puedo apartar la sábana y enseñarte un montón de cosas acerca de los hombres.
—No lo dudo —dijo ella riéndose, y más roja que una amapola.
—Estás preciosa cuando te ríes —murmuró Joe— y si no sales ahora mismo de aquí, echaré a un lado esta sábana y saltaré sobre ti.
Demi sonrió y se dirigió hacia la puerta del dormitorio, volviéndose aún una vez más para mirarlo, para después cerrar despacio la puerta tras de sí. Se sentía tan ligera que tenía la sensación de que podría flotar si se lo propusiera.
A veces, se dijo, ocurrían las cosas más inesperadas. habían estado discutiendo, y estaba segura de que no había esperanza... y de repente, él la había besado con tanta pasión y la había tratado con tanta ternura, que estaba empezando a construir otra vez, sin querer, castillos en el aire. Le parecía imposible que un hombre como él pudiera sentirse atraído por ella, pero el propio Joe le había asegurado que no se trataba de ningún juego, confiaba en él, estaba convencida de que la historia no se iba a repetir otra vez.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Novela " Jemy " Cap 4


hola chicas ak les dejo el cuarto cap.. un besho..
espero  q dejen su comentario.. bye :P


Demi sacó un refresco bien frío de la pequeña nevera de Joe y le hizo dar un par de sorbos antes de correr a la casa para llamar al médico. Bella se quedó escuchando en el pasillo cómo Demi describía los síntomas al doctor Rey, quien le dijo que llevara a Joe a la clínica en cuanto pudiera.
—seguro que piensa que pueda ser neumonía — murmuró Demi pálida tras colgar— tose muchísimo y tiene la frente ardiendo.
—iremos a buscar a Chappy para que os acompañe... ¿o prefieres que vaya yo?
—no, está bien —repuso Demi— además, yo iba a llevar a los huéspedes de compras, pero tendrá que hacerlo Chappy en mi lugar cuando volvamos.
—no va a hacerle ninguna gracia —le advirtió Bella.
—lo sé, pero alguien tiene que cuidar de Joe.
Bella sonrió maliciosa, y tuvo que morderse la lengua para no hablar. Ella misma podría haberse ocupado de él, pero estaba muy claro que Demi ya se había asignado esa tarea. ¿Quién era ella para interferir?
—Cierto —le dijo sin dejar de sonreír— bien, vamos por Chappy,
sin embargo, cuando salieron de la casa, no lo encontraron por ninguna parte, y tampoco la vieja camioneta que solía usar.
— ¡Marlowe!, ¿tienes idea de dónde ha ido Chappy? —voceó Bella al joven peón, que sacaba en ese momento un caballo de los establos.
— ¿el viejo? ha ido a la ciudad, tenía que recoger unas medicinas del veterinario para el ternero enfermo pero hará media hora que se marchó, así que ya debe estar a punto de volver.
—Estupendo —masculló Demi— estaré con Joe—le dijo a bella— manda a Chappy a la cabaña en cuanto regrese y, sin decir más, bajó por el caminillo que llevaba a la cabaña. Joe estaba dormido cuando entró.
—Joe—lo llamó zarandeándolo suavemente por el brazo—.Joe, despierta.
Él abrió los ojos al instante, pero la miró desorientado.
— ¿Demi? —murmuró tratando en vano de incorporarse.
—El doctor Rey nos ha dicho que te llevemos a la clínica —le explicó— tienes que vestirte. Joe dejó escapar una risa sin fuerzas.
—me temo que eso va a ser bastante más difícil de lo que piensas, me siento tan débil como un recién nacido —un repentino ataque de tos lo hizo doblarse de dolor—. ¡Diablos!, me duele como si me hubiera roto una costilla. A Demi se le cayó el alma a los pies al oírle decir aquello seguramente era Neumonía su madre había muerto por esa afección cuando ella era solo una niña, y desde entonces, la sola palabra le causaba verdadero pánico.
— ¿entonces no... no puedes vestirte solo?
—me temo que no —respondió él dejando escapar un suspiro.
—Chappy ha ido a la ciudad —farfulló Demi pensativa, más para sí que para él— pero está Marlowe... o Bella...
—ni hablar —se negó Joe rotundamente— puede que suene ridículo, pero no quiero que me vista un imberbe palabro tero, y mucho menos una matrona sarcástica, me niego, si quieres que me vista, te dejaré que me ayudes, pero no se te ocurra llamar a nadie más, ni siquiera a Chappy.
Demi lo miró incrédula, nunca habría pensado que a los hombres les diera  vergüenza que los vieran sin ropa, se quedó dudando un momento.
—De acuerdo —accedió finalmente—, con la condición de que tú te pongas los... bueno, la ropa interior —balbució tragando saliva— luego te ayudaré con el resto.
— ¿no has visto nunca a un hombre desnudo? — inquirió Joe divertido.
—No, y no quiero verlo —contestó ella nerviosa.
—Tal vez no tengas elección —se rió él empezando a toser de nuevo— los calzoncillos, las camisetas y los calcetines están en el primer cajón de la cómoda, y saca del armario una camisa cualquiera y un vaquero —le indicó.
Demi tardó un momento en ponerse en marcha, azorada como estaba ante lo que iba a hacer, pero finalmente se dijo que lo mejor era pasar el trago cuanto antes para poder llevarlo a la clínica y asegurarse de que lo viera el médico, era lo único que importaba, su bienestar, no era momento de ponerse puritana.
Tomó del cajón y del armario lo que le había pedido y se aproximó a la cama,
dejándolo todo sobre la colcha, pero cuando Joe trató de incorporarse para quedarse sentado, empezó a toser con tal violencia, que se tuvo que agarrar el pecho con una mano, y se dejó caer de nuevo sobre el colchón.
— ¡dios!, ¡cómo duele! —Masculló con voz ronca— debió ser la polvareda del otro día, traíamos de vuelta al ganado y de pronto nos vimos dentro de una enorme nube de polvo, me temo que inhalé demasiada de esa maldita arenilla fina. Al principio me notaba algo congestionado, pero pensé que sería alergia... hasta esta mañana, claro.
Empezó a toser otra vez, y cuando se le hubo pasado el ataque, vio que Demi estaba mirando casi con aprensión la ropa que Demi había dejado a su lado, como si fuera una serpiente que fuera a saltar sobre ella en cualquier momento.
— Creo que no puedo hacer esto —murmuró alzando los ojos hacia él.
—Claro que sí —replicó él—, sube la ropa de la cama hasta mis muslos y méteme los calzoncillos por las piernas solo tendrás que subirlos un poco. yo terminaré de ponérmelos.
Demi se sonrojó profusamente al tomar los calzoncillos.
—Lo siento —farfulló tratando de metérselos por los pies y los tobillos con bastante torpeza—, a las solteronas no se nos dan muy bien estas cosas.
—a los solteros tampoco, no creas —dijo Joe entre risas, provocando nuevas toses— vamos, Demi, puedes hacerlo cierra los ojos y tira hacia arriba.
Demi se rió nerviosa.
—sí, me temo que va a ser la única manera —admitió cerrando los ojos. Al subir la prenda hacia arriba sintió contra el dorso de sus manos sudorosas la
calidez y firmeza de los muslos de Joe. No pudo evitar ponderar para sus adentros lo perfecta y masculina que era su anatomía, siguió tirando de los calzoncillos hasta que notó el borde de la colcha, y no tuvo valor para continuar.
— ¿es... suficiente así? —le preguntó a Joe azorada.
—Me las apañaré —asintió él metiendo las manos, tiró con cierta dificultad, pero lo consiguió y se dejó caer de nuevo sobre el colchón dolorido— ya está.
Demi procedió entonces a ponerle los calcetines.
—Nunca imaginé que volverían a vestirme cuando fuera un adulto — comentó Joe riendo suavemente mientras ella le hacía levantar los brazos para meterle la camiseta de tirantes.
—Bueno, siempre hay una primera vez para todo —contestó ella sin poder apartar la vista de su tórax.
Sus ojos recorrieron la mata de vello que lo cubría, descendiendo hasta desaparecer bajo la colcha y la sábana. Cuando extendió las manos por detrás de su espalda para tirar de la camiseta hacia abajo, su rostro estaba casi pegando con el pecho de Joe, y tuvo que apretar los dientes para no besarle la piel, y se vio invadida por las sensaciones más inoportunas, no era el momento, se dijo molesta consigo misma. Además, era una estupidez pensar en esas cosas cuando él le había advertido que no quería una relación.
—Estás roja como un tomate —comentó Joe divertido— pero no ha sido tan terrible como esperabas, ¿verdad?
—no, la verdad es que no — murmuró ella esbozando una sonrisa lo ayudó a ponerse la camisa, le abrochó los puños y después uno a uno los botones, era una verdadera tortura— es solo... —musitó a modo de explicación—, que esto es nuevo para mí.
— ¿nunca tuviste que vestir a tu hermano cuando era pequeño?
—no, Ted era unos años mayor que yo —contestó Demi— además, estudiaba en un internado, así que pasábamos muy poco tiempo juntos. Mis padres lo adoraban, él era su mundo, y yo... supongo que fui poco más o menos un accidente pero siempre trataron de hacer que no me sintiera excluida.
—mi padre nunca quiso tener ningún hijo —confesó Joe— nos trataba como si no valiéramos nada, y casi estuvo a punto de acabar con la autoestima de mi hermana Danielle, pero los dos sobrevivimos, resulta irónico que tras su muerte tuviéramos que vender el rancho, si hubiera vivido nos habría sacrificado a los dos con tal de retenerlo.
Demi lo miró mientras desdoblaba los vaqueros.
—un día tendrás tu propio rancho —le dijo con certeza—, y tus hijos se sentirán muy queridos.
— Si es que los tengo —repuso Joe— algunos hombres no se casan nunca, tal vez yo sea uno de ellos.
Demi le metió los pantalones por los pies y tiró hacia arriba tanto como pudo, eran bastante ajustados, y la tela era dura.
—si levantas un poco las caderas, creo que podré subírtelos del todo —murmuró Demi incómoda.
Apartó la vista cuando él retiró la sábana y la colcha, pero tenía que mirarlo para terminar de subirle los pantalones, y notó que se le arrebolaban de nuevo las mejillas al verle los calzoncillos.
—b bien —dijo tragando saliva—, allá vamos.
Cerró los ojos y tiró hacia arriba hasta que logró llevarlos hasta la cintura, sin embargo, no se atrevió a tocar la cremallera, como si fuera a quemarse.
—Eso ya puedo hacerlo yo —la tranquilizó Joe comprendiendo lo que le ocurría.
Demi casi suspiro de alivio. Él le indicó dónde estaban sus botas, y la joven fue por ellas, eran unas botas altas de cuero negro, brillantes como el carbón mojado, y aunque al principio pensó que sería bastante difícil ponérselas, resultaron ser muy flexibles. A continuación, la joven fue por un peine y le arregló el cabello mientras Joe, recostado sobre la almohada, la observaba en un silencio desconcertante con los ojos enfebrecidos.
De pronto, el ruido del motor de un vehículo rompió la tensión del momento.
—Debe ser Chappy —dijo Demi levantándose, iba a ir hacia la puerta, pero se paró en seco— Joe... ¿no le dirás que yo...?
— ¿qué me has ayudado a vestirme? —Dijo él esbozando una sonrisa— no, no se lo diré a nadie quedará entre nosotros —le aseguró.
Y entonces la sonrisa se desvaneció, y fue reemplazada por una intensa y turbadora mirada. Demi sintió que el corazón le daba un brinco, pero se dio la vuelta, esforzándose por no dejarle entrever su nerviosismo, y fue a abrir la puerta.
Entre Chappy y ella metieron a Joe en el asiento trasero de la vieja camioneta, y lo llevaron a la clínica.
Una vez allí, mientras el médico examinaba a Joe, Chappy y Demi se sentaron en la sala de espera. Chappy, como era usual en él, estaba muy calmado, y se había puesto a ojear un periódico, pero Demi estaba sentada en el filo del asiento de plástico y no
hacía más que morderse las uñas.
Cuando finalmente apareció el médico, la joven se levantó al instante y este le pidió que lo acompañara a una pequeña salita privada.
—Tiene bronquitis aguda —le dijo el doctor cuando se hubieron sentado en los silloncitos de cuero—, pero se pondrá bien.
Demi se echó hacia atrás aliviada.
—Gracias a dios —murmuró— me temía que fuera neumonía: ese dolor en el
pecho...
—al toser tanto, ha tenido un tirón en un músculo del tórax no es nada grave —le explicó el doctor Rey— debe guardar cama hasta que la fiebre remita. Entonces podrá levantarse, pero nada de trabajo en al menos una semana, pasado ese tiempo, quiero que venga a verme de nuevo. Ten, aquí tienes las prescripciones: un antibiótico, y un expectorante para la tos, dale aspirinas para la fiebre y, si empeorara, no dudes en llamarme, ¿de acuerdo? y nada de trabajo en una semana.
— sí, doctor gracias. Joe le ha dado un empujón tremendo al negocio, pero desde luego no quisiera tener que enterrarlo en el rancho.
—pues me temo que tendrás que ponerle un perro guardián para que no se levante de la cama. Es un hombre muy cabezota, he estado intentando explicárselo, pero no ha habido manera. Por eso he pensado que sería mejor hablar contigo Demi, ella asintió con la cabeza.
—tal vez haga caso de su idea y le ponga un buldog en el dormitorio —se rió la joven se sentía ligera como el aire: Joe no tenía neumonía, y se iba a poner bien— gracias de nuevo.
Se despidieron, y fue a buscar a Chappy para que la ayudara de nuevo a meter a
Joe en la camioneta. De camino al rancho, la pobre Demi empezó a ponerse nerviosa de nuevo ante la perspectiva de tener que ayudarlo también a desvestirse, pero al llegar a la cabaña, él le dijo que se encontraba un poco mejor y lo haría solo.
—De acuerdo, entonces iré a decirle a Bella que te prepare una sopa de pollo — respondió ella, tratando de no mostrar alivio ni decepción.
Salió de la cabaña y tras dar instrucciones a Chappy para que comprara los medicamentos, fue a la casa para contárselo todo a Bella y recoger las cosas que necesitaría, le había dicho a Joe que iba a cuidar de él y lo haría.
—bueno, supongo que débil como está no supone una amenaza —comentó Bella con sorna, al enterarse de que tenía intención de quedarse con él esa noche— pero si me necesitas, aquí estaré, si quieres también podría quedarme yo con él unas horas para
que tú puedas dormir algo, el sillón de la cabaña no es muy cómodo que digamos...
—gracias, pero no te preocupes, yo me encargaré.
—Como quieras —dijo la mujer encogiéndose de hombros— bueno, llevaré la sopa en cuanto esté lista.
—Bien —asintió Demi— me marcho antes de que se escape hasta luego.
Al regresar a la cabaña, encontró a Joe dormido. Demi se quedó observando un buen rato su rostro relajado, y deteniéndose en los sensuales labios. El solo mirarlo era como un banquete para la vista, y tuvo que hacer un esfuerzo enorme para mirar a otro lado, tal vez lo mejor sería entretenerse haciendo algo, se dijo yendo a arreglar
un poco la pequeña cocina.
Exprimió naranja hasta llenar una jarra con su zumo, y la puso en el refrigerador, lavó los pocos platos y cubiertos que había en el fregadero, y tras asomarse un instante para ver si seguía dormido, se deslizó en silencio hasta la salita para buscar un libro y entretenerse leyendo un rato.
Encontró un volumen sobre los indios norteamericanos y se sentó a hojearlo, pero unas fotografías sobre la repisa que había encima de la chimenea captaron su atención.
Se levantó para verlas más de cerca, había una de una mujer joven de largo cabello negro y ojos verdes, su rostro era muy hermoso, pero parecía melancólica, al lado había una foto de la misma mujer, vestida de blanco, con un hombre muy alto y de expresión torva a su lado, ella debía ser Danielle, la hermana de Joe, se dijo y el
hombre sin duda era su marido. No era nada atractivo, pero tal vez tuviera otras virtudes, pensó.
Iba a sentarse de nuevo, pero en ese momento llamaron a la puerta,  era Bella, que le llevaba la sopa y también las medicinas que había comprado Chappy.
Cuando se hubo marchado, Demi sirvió un poco de sopa en un tazón, llenó un vaso de zumo y puso ambas cosas en una bandeja junto con los medicamentos para llevarlos al dormitorio de Joe.
Dejó la bandeja sobre la mesita de noche, y se sentó al borde de la cama, tocándole ligeramente el brazo para que se despertara. ¿Por qué no podía dejar de admirar su torso desnudo?, se preguntó azorada.
—Joe... te he traído las medicinas—le dijo.
Joe abrió los ojos lentamente y se frotó el rostro, emitiendo un gruñido.
—Humm... odio los medicamentos —murmuró— un bistec me iría mucho mejor.
—sigue soñando por ahora tendrás que conformarte con un poco de sopa y mi apoyo.
— ¿qué hora es?
—casi ha anochecido —respondió Demi— no te lo vas a creer, pero, después de refunfuñar, Chappy llevó a los huéspedes de compras a la ciudad y ahora está cenando con ellos. Lo estaba oyendo contar batallitas desde la ventana de la cocina, y a los demás riéndose.
— ¡quién lo hubiera dicho!
—bueno, vamos con esa sopa. Oh, y mira, te he hecho zumo —le dijo la joven sonriendo, como orgullosa de ser una enfermera tan eficiente.
Lo hizo tomarse el comprimido de antibiótico con un trago de zumo, y a continuación le metió una cucharada de jarabe para la tos en la boca.
— ¡aj!, ¡sabe horrible —masculló Joe contrayendo el rostro.
—Quejica... —dijo Demi— ¿crees que puedes sentarte para tomar la sopa? Joe se incorporó despacio y trabajosamente, la sábana cayó hasta sus caderas, pero la joven vislumbró con alivio la cinturilla de unos calzoncillos: no estaba desnudo.
—Me los he dejado puestos para que no te escandalizaras —comentó Joe divertido al ver dónde estaba mirando.
—Gracias —dijo Demi tímidamente, sonrojándose.
—No, gracias a ti por ocuparte de mí —repuso él — siento ser una molestia, Demi.
—no eres ninguna molestia, además, no es culpa tuya que te hayas puesto enfermo —murmuró ella.
Y empezó a darle la sopa, sin darse cuenta de que lo amorosamente que lo estaba haciendo delataba sus sentimientos.
—bueno, supongo que como tú decías siempre, hay una primera vez para todo, y estoy seguro de que en un par de días estaré otra vez como nuevo para volver al trabajo.
— ¡ah, no! de eso nada —lo reprendió Demi-, el doctor Rey me dijo que tenías que guardar cama hasta que se te quitara la fiebre, y que debías estar sin trabajar al menos una semana. Y no trates de engañarme, porque si no llamaré a mi tío.
—Entendido, entendido, me portaré bien —prometió él con voz cansina.
—Buen chico —dijo Demi sonriendo satisfecha—, y ahora toma un poco más de sopa —añadió metiéndole otra cucharada en la boca antes de que pudiera negarse.
Aquella noche Joe durmió de un tirón, no así ella, que aproximadamente cada hora iba a comprobar cómo estaba, aunque finalmente se acurrucó en el sillón y se quedó dormida también.
El día siguiente, Joe cumplió su palabra y dejó que Demi lo cuidará y se tomó las medicinas sin rechistar, pero al tercer día se sentía ya mucho mejor y tan impaciente por salir, que todo le parecía mal, encontraba la comida que le mandaba Bella demasiado caliente, demasiado pesada, demasiado especiada...; no quería seguir
guardando cama porque se sentía inútil; detestaba las medicinas; y aquella mañana, para acabar con el cuadro, le dijo a Demi que no tenía por qué estar todo el día encima de él.
La joven se quedó de pie, junto a la cama, mirándolo furiosa con los brazos en jarras. ¿Así le agradecía que se pasase los días y las noches cuidándolo?
—pues lo siento por usted si está harto de mí, señor Josep— le espetó irritada
— pero el médico dijo que no debías trabajar en una semana, y alguien tiene que asegurarse de que así sea. Además, con este solo llevas tres días en cama, y el antibiótico apenas sí ha empezado a hacer efecto.
— ¡oh, por favor, Demi! estoy harto de estar aquí tirado, vamos, no me pasará nada, dame mi ropa, ¿quieres? —la instó, haciendo un gesto en dirección a la silla donde Bella había dejado una camisa planchada y unos vaqueros.
— ¡ah, no! no, no, no... —exclamó ella meneando la cabeza y enrojeciendo— no pienso pasar por eso otra vez, y como tú todavía no puedes hacerlo solo...
— ¡ya lo creo que puedo! —rugió él.
Trató de sentarse, pero como contrajo el rostro dolorido, estaba muy claro que aún no podía, lanzó un gruñido casi animal y se dejó caer frustrado sobre el colchón.
— ¡maldita sea! —Masculló entre dientes— ¡Maldita sea esta estúpida enfermedad y maldita seas tú también!
Demi lo habría fulminado con la mirada si hubiera tenido ese poder.
—Gracias, muchas gracias —le dijo sarcástica—. ¡Qué cosa tan amable para decírsela a la persona que se encarga de darte de comer y duerme en un sillón por si necesitas algo por la noche!
— ¡yo no te pedí que lo hicieras!
— ¡pues alguien tenía que hacerlo! —le espetó ella.
—muy bien, pues gracias —contestó él—. Eres una santa y te recordaré en mi testamento y ahora, ¿quieres salir de aquí y dejarme volver al trabajo?
—no voy a dejar que lo hagas no puedes trabajar durante una semana, lo dijo el doctor Rey—le recordó Demi por decimonovena vez.
—me da igual. Es para tu tío para quien trabajo, no para ti, tú no puedes darme órdenes.
— ¿por qué no atiendes a razones? —le dijo ella pasando por alto esa insolencia.
—lo haré si me das mi ropa.
—no pienso hacerlo.
—pues lo haré yo.
— ¿ah, sí? pues hazlo, ni siquiera puedes levantarte.
Estaba muy equivocada, la irritación hizo a Joe sacar fuerzas de donde no las
tenía y, tras lanzarle una mirada furibunda, arrojó la sábana a un lado y se puso de pie.
El rostro de Demi pasó de sonrosado a rojo escarlata en unos segundos... estaba desnudo.